Un coach «del terreno» ofrece cursos motivacionales basados en los valores de «anar al bancal i acachar al llom»

La oferta formativa propone una vuelta a lo tradicional porque "abans es vivia molt milló" y es justo y necesario transmitirlo a la "choventud d'avuí en dia"

La continuidad de los valores tradicionales de trabajo duro, disciplina y dedicación es lo que propone Pep Satrústegui Goicoechea, un coach «d’ací de la terreta de tota la vida», cuya carrera profesional se ha especializado en cursos y charlas motivacionales capaces de transmitir y aplicar el legado cultural y laboral de nuestros antepasados a la vorágine de estos inciertos días.

El bancal ha sustentado a la humanidad desde los primigenios cultivos neolíticos hasta la sedentaria era tecnológica actual, donde en ocasiones también hace las veces de fondo de escritorio mola mazo

El coaching motivacional se define como una herramienta para potenciar e impulsar las actitudes de aquellas personas que están haciendo cambios importantes en su vida. En el caso de los orientadores profesionales «del terreno», se utilizan todo tipo de recursos locales y de cercanía para identificar los problemas y poder designar estrategias «de categoría» que ayuden a desarrollar tus ambiciones.

«Anar al bancal ens dona la vida», nos comenta Pep por videollamada de Zoom mientras aprovecha para «desengrunar unes faves» que va cogiendo «a grapats» de una bolsa de supermercado desgastada por el uso, depositando las vainas vacías sobre la mesa del despacho sin ningún remilgo. «Al camp té molt que ensenyar-mos en esta época de modernors, ara tot son cabotes tortes mirant al telefonet dels ous». Antes de que podamos preguntar nada suena un pitido desde su teléfono y se excusa alegando la necesidad de atender a un cliente por Telegram.

Al cabo de unos interminables minutos deja de teclear en el teléfono y retoma la disertación: «Miraaa, rei, està molt bé al dichós Internet i tot lo que vulgues, però on es pose anar de bon matí al bancal, ahí a la teua marcheta amb la sulfatadora, després un ratet arrancant la malea i netejant-ho ben bé de males herbes, i allà les deu i mitja anar al polígono a esmorçar amb els companyeros i fotres unes bones tomaques… pues no cambia la cosa de quedarse chafant al cul en una oficineta posant cara agra, recollons. Pos això és lo que vull transmetre als meus cursillos.»

Vuelve a sonar un pitido y nos deja de nuevo esperando para consultar los mensajes del teléfono. Apreciamos que sus dedos son bastante gordos y eso le provoca que se equivoque con frecuencia al escribir, haciendo un uso constante de la tecla de borrado. Nos preguntamos si esos dedazos se deben al trabajo en el campo o son así de nacimiento, o quizás los errores de escritura los propicie el pringue de las faves.

De repente empieza a gesticular ásperamente hasta que tira el teléfono con malas maneras sobre el montón de corfes. Se gira y mira por fin a la pantalla del portátil. Para nuestra sorpresa se despide diciéndonos: «al final diu al pardal que no le gusta el campo, però serà possible quins moniatos em trobe, menos mal que ja me va pagar la entraeta del curset. Bueno, xarrem un altre dia que ja tinc prou descorfà i buic fer-me un guisaet aprofitant també unes carxofetes que m’han regalat. Aleee…»